Las notas predominantes de J.Rose son las del enebro.
En nariz, es cálido e intenso. Las delicadas notas cítricas de bergamota y cáscara de mandarina refrescan el paladar y le aportan un equilibrio suave y sedoso. El aroma de las flores de higo chumbo se extiende desde la nariz hasta el paladar, dejando un regusto afrutado. La esencia amaderada proviene de la corteza de roble, caracterizada por notas tostadas que recuerdan a la avellana y la nuez.
J.Rose tiene un color transparente y límpido. Al contacto con hielo y agua tónica, los aceites esenciales de bergamota se expanden y le dan al cóctel un brillo plateado y naturalmente turbio.
Su 43% de alcohol realza los nueve botánicos, convirtiéndolo en una ginebra perfecta para los cócteles más exclusivos.
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Guido CREPAX
COD:Nacido en Milán en 1933 en un entorno donde el arte formaba parte de la vida cotidiana, Guido Crepax crece rodeado de música y sensibilidad estética: su padre era primer violonchelo de La Scala, y el ritmo del sonido se convierte para él en el ritmo de la página. Esta inclinación por la composición se fusiona con el rigor de su licenciatura en Arquitectura en 1958, que le enseña a proyectar no solo espacios, sino también viñetas gráficas.
Antes de dedicarse al cómic, Crepax perfecciona su trazo elegante en el diseño publicitario, creando portadas de discos de jazz y campañas para marcas como Shell y Campari. Estas experiencias lo preparan para trasladar una estética moderna a sus obras más conocidas. En 1965 hace debutar a Valentina Rosselli en las páginas de Linus, inicialmente como personaje secundario. Sin embargo, pronto Valentina se convierte en la protagonista absoluta: una mujer «viva», con documento de identidad, profesión de fotógrafa y una psique compleja. No un arquetipo, sino un personaje que envejece junto a su autor, recorriendo la sociedad italiana de los años sesenta y setenta con independencia e intensidad. Crear a Valentina significaba romper tabúes, explorar la emancipación femenina y transformar el erotismo en una investigación intelectual.
Crepax también revolucionó el lenguaje del cómic, superando la cuadrícula tradicional. Su narrativa adopta ritmos cinematográficos, fragmentando la acción en detalles mínimos —un reflejo en las gafas, un gesto, una respiración— y expandiendo la percepción del tiempo. Así, la vida cotidiana de Valentina se funde con una dimensión onírica, haciendo partícipe al lector de sus fragilidades y visiones. A través de ella, Crepax fusiona moda, literatura y psicoanálisis en un arte total, capaz de captar las inquietudes de una sociedad en transformación.
Crepax sigue siendo un arquitecto del deseo, capaz de traducir la estética del siglo XX en una línea eterna, dejando un icono de estilo que continúa dialogando con la modernidad.











